Sí señoras y señores, han leído bien, el vibrador cumple 130 años.
En 1880 el Dr. J. M. Granville patentó el primer vibrador electromagnético, al estar ya cansado de masturbar manualmente a sus pacientes femeninas. Y es que a finales del siglo XIX el masaje del clítoris era considerado como el único tratamiento contra la histeria de la mujer, así pues cientos de mujeres acudían a sus médicos para que les indujera a lo que se llamaba “paroxismo histérico”, para que nos entendamos todos… A UN ORGÁSMO.
Esta histeria viene de lejos, es lo que los griegos bautizaron con el nombre de “útero ardiente”, pero en las últimas décadas del XIX se convirtió en una plaga (y no me extraña). Si la mujer tenía ansiedad, estaba nerviosa, irritable o cualquier otro síntoma parecido, era tratada inmediatamente con un masaje relajante. La plaga fue tal que los médicos terminaban agotados y empezaron a inventar aparatos que les ahorraran el trabajo.
Y nació el vibrador. Había gran variedad de vibradores, los que funcionaban con corriente eléctrica, con gas, con vapor, algunos tenían pedales (no me quiero imaginar al pobre, seguramente ayudante, que le daba más y más y maaaasss…aayyy… a la paciente). Había hasta publicidad, algunos eslóganes eran “La vibración proporciona vida y vigor, fuerza y belleza” ó “El secreto de la juventud se ha descubierto en la vibración”. Pero claro, eran aparatos solo y exclusivos para la práctica médica.
Pero ¿qué pasó? ¿Cuándo terminó todo? Pues cuando los maridos de esas señoras histéricas se dieron cuenta de que sus mujeres no estaban enfermas, sino cachondas. ¿Cómo se dieron cuenta? Pues en la década de los 20, cuando se empezaron hacer las primeras películas pornográficas y en ellas se veían como las mujeres disfrutaban de lo lindo con estos aparatitos, ¡Ay, que daño ha hecho el cine a la mujer del siglo XX!

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